«Mi cuaderno de impresiones, cuentos, relatos, poemas, reflexiones y otras historias».
Lo veía pasar todas las
mañanas. Fresco, como la esperanza de una promesa por cumplir; con ese aroma a
premura que lo hacía aún más deseable. Cuanto más ligero y evanescente, más lo
amaba. Un inquilino molesto y ruidoso, que poblaba su mente a todas horas y se
enmarañaba en su imaginación igual que la hiedra salvaje… Jamás se saciaba de
él.
Las tardes,
salvo aquellos breves lapsos en los que era consciente de su compañía, parecían
vaporosas ensoñaciones que aumentaban su avidez al estilo del tempo de una
melodía: adagios y clímax. Y las noches… lo peor del día; apenas podía rozarlo,
susurrarle que ansiaba más, que no la abandonara. Pero sus caricias se
escapaban con la rapidez de un relámpago. Se parecía al ímprobo intento de llenar de
agua un cesto de mimbre o de retener un puñado de arena entre sus dedos…
Se había
convertido en una verdadera obsesión: el tiempo, su amante más codiciado, era
una hoguera en la que se quemaba, despacio y sin vuelta atrás.
© Mar Solana