De camino a casa, con parte de su trabajo del día a cuestas, le asaltó ese tipo negro, gordo y viscoso para robarle su preciado botín, una ínfima porción del sustento de la comunidad, pero tan importante como cualquier otra: “La unión de las partes es la fuerza de todos…” Solía decir su padre.
Ya era la tercera vez en la semana que aquel tipo le intimidaba y le golpeaba para quitarle la colación que tanto esfuerzo y sudor le costaba aportar. Esta vez había ido más lejos, con la fuerza de esa pelota marrón, compacta y apestosa le empujó sin piedad por aquel barranco. “¡Podía haber muerto!” Una mezcla de miedo, fatiga y abulia hizo mella en su ánimo como la siempre amenazante sombra de un aplastamiento… “¡Era la gota que colmaba el vaso!, estaba harta de exponerse a un riesgo que, en algún aciago momento, podría costarle la vida. Dejaría la comunidad. Eso era. Desertaría de aquella indolente y funesta fila que tantas complicaciones le estaba propinando. Había llegado la hora de independizarse, buscar su propio hogar y salir huyendo de allí… Ya era capaz de conseguir su pitanza por otros caminos menos peligrosos. Pondría sus propias reglas, estaba cansada de seguir las órdenes de otros… ¡Era el momento de abandonar aquella tediosa cadena! ” Con el paladeo de aquellos pensamientos e imaginando su cercana libertad, comenzó a sentirse mejor. De pronto, cuando se disponía a ponerse de nuevo en camino:


