Un hombre corría a lo largo de un escaparate que no tenía fin. Le perseguía una mirada del color del espanto, unos ojos congelados en el tiempo…
Morís se quedó petrificado en el asfalto, con la mirada y el alma clavadas en aquel escaparate. Unos ojos suspendidos en el tiempo, del color del espanto, le observaban desde un atisbo mate. Fijos en el mismo punto, exhibían una vestimenta impecable: falda azul marino de corte recto, sencilla, algo más abajo de las rodillas. Se abotonaba sobre una blusa de raso blanco con chorreras que contrastaba con una tez tostada y un cabello púrpura como la amatista.
Varios capitanes del ejército con sus medallas hacían gala de sus primorosos uniformes que resplandecían incluso bajo aquella luz mortecina. Criadas y fámulos de casas de postín; mayordomos de condes, duques, palacios y castillos; señoras elegantes vestidas para tomar el té; niños con cometas de colores y los bolsillos llenos de dulces; niñas con globos de todos los tamaños; soldados caquis; orondas cantantes de ópera; actrices de cabaret ataviadas con un millar de rutilantes lentejuelas; amas de casa con una sugerente cesta de la compra por la que sobresalían, con mesura, algunas ramas de apio y las hojas de algún puerro. Resplandecientes verduras que eran repuestas todos los días, con perfecto esmero, por la misma dependienta timorata que también cuidaba de sus atuendos. Así siempre aparecían con ese aspecto impoluto detrás del chocante cristal de aquella tienda tan estrafalaria y demodé.
Y al fondo, envuelto en las brumas que se formaban por un caprichoso juego de luces lánguidas y de sombras aviesas, se veía un gran sillón estilo imperio donde se sentaba él. Rodeado por los anillos que salían del aromático humo azul cerúleo de su pipa, escrutaba, en silencio y con mirada grave, todos los movimientos de su encargada, los de los escasos clientes que por allí recalaban y los ya insistentes atisbos de Morís. Todos entraban en la sibilina vigilancia de unos ojos que se ocultaban tras unas finas gafas de cristales negros y redondos. Unas curiosas antiparras que se apoyaban con cierta dificultad en dos orejas pequeñas como habichuelas. Un cabello del color del champán, con algunas irisaciones azules, relampagueaba sobre un oscuro esmoquin brillante como el charol. De pronto, se levantó con parsimonia de su sillón y con ademanes pesados se dirigió hasta la salida sin dejar de observar a Morís, que permanecía inmóvil y sin pestañear como presa de un hechizo. La dependienta de ojos sensuales y esquivos no estaba allí como de costumbre, acicalando a las insólitas efigies o atendiendo a algún caprichoso cliente… La puerta se abrió con un sutil quejido y desde el interior comenzaron a escaparse como una inoportuna y anómala corriente de aire algunos misteriosos acordes… como si desearan ya hacía tiempo esa repentina libertad…Un intenso pánico se apoderó de Morís, que incapaz de escudriñar al dueño de aquel tortuoso y siniestro negocio echó a correr tan rápido como una liebre y tan asustado como un conejo. Nunca podrá olvidar, aunque quisiera, esa mirada detrás del cristal suspendida en un atisbo mate que le dejó clavado allí, en la acera y frente al escaparate, aquella mañana. Unos ojos del color del espanto y que a pesar de estar congelados en el tiempo todavía conservaban un pequeño fulgor sensual y esquivo (…)
Creo que a muchos escritores nos ocurre que en el momento de estar observando algo insólito que llama poderosamente nuestra atención, en ese preciso instante, la memoria nos trae los ecos de alguna melodía. A mí me pasa mucho, asociar imágenes con música, me ayuda a escribir y a crear ideas nuevas. En este caso mi mente oía la letra de una canción de un grupo electrónico alemán ,”Kraftwerk”, que creía olvidado, y de su canción, “The model”... Os dejo con el video... por si también logra inspiraros ;=)
Esta es mi contribución a "Los Sábados Literarios". Hoy conduce con pericia de año nuevo, nuestro compi, GUS.
En su blog: "GUSTAVO EN MICRO" podrás leer más sueños...
¡¡FELIZ AÑO A TODOS!!
