Bienvenido a esta Bitácora, Navegante. Aquí encontrarás mi «Cuaderno de Impresiones, Cuentos, Relatos, Poemas, Reflexiones y otras Historias».

Escribí mi primer cuento con once años, lo inventé en un pequeño aseo donde me gustaba jugar. Con quince decidí que quería aprender el Arte de «Domar Caballos Salvajes» (léase Emociones que necesitan volver a coger sus riendas). Por eso llevo veintiún años, con sus amaneceres y sus lunas, ejerciendo la Psicología; esa «ciencia» tan infusa como errática. Mis raíces están en tierras de Castilla, pero mi alma se siente de las Costas y el mar del Norte. En mis sueños me reúno con las Sirenas, las Estrellas de mar, los Ventolines y los Caballitos del Cantábrico... Hace un septenio regresé a mi pequeño Taller de Letras. Y ahora soy «Psicolotora» especializada en Literalogía o «Escritóloga» en Psicoratura. Me chifla inventar palabras, tender historias de Letras en las cuerdas del olvido y airear mis impresiones al barlovento del papel...

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«La mente intuitiva es un don sagrado del que la mente racional es su fiel sirviente. Hemos creado una sociedad que honra el sirviente y ha olvidado su don» © Albert Einstein. Imagen: Faro de Suances (Cantabria) © Mar Solana.

miércoles, abril 14

EL CUENTO DEL CUENTO ...

QUERIDOS NAVEGANTES:

Cuando terminé este relato, bajo la intensa canícula del verano pasado, poco sospechaba yo que sería uno de los veinte relatos finalistas en el Certamen de Relato de diciembre de la Editorial Fergutson. Por eso, cuando estoy algo “depre” y desanimada, me gusta pensar que las historias que escribimos son como semillas; con un buen riego, algo de abono, la luz de nuestro sol particular y toneladas de paciencia, tarde o temprano acabarán por germinar y nos darán su fruto. Como este cuento que hoy vuelvo a publicar y comparto con todos vosotros, porque ahora sois más los que me acompañáis en esta singladura de letras.

"Una Cenicienta en el siglo veintiuno" es uno de los relatos del libro recopilatorio: "La forja de Baelix-Cure", publicado por la Editorial Fergutson.

¡Qué lo disfrutéis, os lo dedico a cada uno de vosotros porque sois como ese Sol que los ilumina!

UNA CENICIENTA EN EL SIGLO VEINTIUNO

Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital General. Cinta lleva una semana en coma por la última paliza que le propinó su marido. La molió, literalmente, a palos. Su cuerpo, grácil y perfectamente contorneado hace apenas unos pocos días, yace ahora sobre una cama blanca entre tubos y gomas, inerte como una muñeca de trapo tirada en cualquier rincón. Su rostro, un armonioso perfil antes límpido y bello como el de una princesa de cuento, se ve ahora hinchado, amoratado y roto. Sin más afeites que restos de sangre seca, tras una mascarilla transparente que la mantiene viva a través de un invisible y estrecho hilo.


La vida es un milagro puesto a prueba constantemente y sometido a los avatares de un influjo incierto, vulnerable. Es como caminar sobre el filo de un cuchillo sin cortarse o como tratar de mantener el equilibrio en una cuerda floja.


Una mujer de cabellos blancos, recogidos al desdén en un moño, pega su rostro al cristal que separa la UCI del pasillo de la sexta planta. Un rostro enjuto y poblado de arrugas y sinsabores, con unos ojos que miran sin mirar e incapaces ya de albergar más dolor. Por sus descarnadas mejillas se agrupan millares de lágrimas que, como afluentes de un río, van resbalando hasta morir despeñadas por una puntiaguda y fláccida barbilla. Sobre el cristal aparecen y se borran, una y otra vez, los irregulares circulitos blancos que va dibujando el vaho de su respiración. Su llanto es una sosegada lluvia de otoño que observa, impotente y culpable, cómo su nieta se aferra a la vida a través de un minúsculo hilillo de aire, quizás el mismo que exhala su dolor para acabar estrellándose contra el vidrio.


La infancia de Cinta fue muy feliz y apacible. Vivía con sus padres, sus dos hermanas mayores y con su querida abuela Sol, hasta que su padre murió en un aparatoso accidente de automóvil cuando regresaba a casa del trabajo. Tenía siete años y su vida comenzó a resquebrajarse como la madera vetusta, filtrándose por sus grietas toda clase de despropósitos. Cinta, impaciente, siempre esperaba que su padre regresara del trabajo y jugara con ella. Lo que más le gustaba era que le leyera apasionantes relatos cargados de aventuras, de barcos y piratas, de hadas y duendes mágicos que aparecían y desaparecían a capricho.


Cuando su madre le dio la noticia ─tu padre ya no volverá, querida… ni hoy, ni nunca más.─, Cinta creyó que también ella se moriría y enmudeció. Dejo de hablar y su madre y sus dos hermanas se iban desesperando con ella más y más; hasta que el ambiente se hizo irrespirable. Pero en aquel tiempo, la abuela Sol les anunció algo importante durante la comida. Había comprado una casita, no lejos de allí, verde como la albahaca y apacible como la sombra de un roble en un día de calor; se llevaría a Cinta a vivir con ella. Su madre y sus dos hermanas se quedaron primero atónitas, para después comenzar a reír y a burlarse de ellas profiriendo toda una sarta de inconveniencias que no cesaron hasta que nieta y abuela se instalaron en su nuevo hogar. La niña seguía sin decir palabra, pero Sol tenía muchísima paciencia con ella; sabía que tarde o temprano volvería a hablar. Sólo era cuestión de tiempo…


La época que Cinta pasó en la casita verde con su abuela fue muy extraña e inquietante. Su madre se había vuelto a casar con el hombre que fue su amante muchos años antes de que su padre muriera. Era un tipo de ojos saltones y sanguinos, con esa opacidad característica que dispensa el abuso del alcohol, de mirada turbia e incómoda, andares torpes y gestos densos. El primer domingo de una primavera algo tardía, su madre, él y sus dos hermanas fueron a visitarlas. Durante la comida, sentados alrededor de la mesa redonda de roble, de repente y sin mediar palabra, Cinta salió corriendo de allí como una liebre asustada, su plato en el suelo hecho añicos y todos con el desconcierto dibujado en sus rostros. Nadie advirtió que su padrastro se descalzaba de un pie y, con disimulo, debajo de mesa y mantel, le intentó subir el vestido con las intenciones que ya conocemos en los bastardos de su estirpe. Y así anduvo acosando a la niña, durante cinco penosos y largos años, en los que además Cinta seguía sin decir palabra.


Pero un domingo, un poco antes de que llegaran su madre, su padrastro y sus hermanas, Cinta se abalanzó sobre los brazos de su abuela y con el mayor de los desconsuelos se lo contó todo. Sol lloraba con ella, no sabía si de rabia por todo lo que intentó con su niñita aquel villano o de alegría, porque su nieta querida, por fin, habló tras siete años de gestos y ademanes. La acunó entre sus brazos, cubrió su frente y mejillas de tibios besos y acto seguido trancó la puerta para siempre a aquel infausto ogro.


Desde aquel momento, la vida de Cinta fue menos extraña e inquietante y un poco más previsible. Sin embargo, todo lo acaecido durante aquellos infames domingos dejó una huella indeleble en su alma, en forma de tristes nubarrones que siempre amenazaban tormenta.


Un buen día, su abuela conoció al nieto de su amiga Taylor. Un apuesto joven que con apenas treinta años ya era todo un empresario de éxito. Ramiro, que así se llamaba, estaba invitado esa noche a una fiesta. Sol pensó en Cinta, siempre metida en casa, aburrida y medrosa. Sin dar tregua le preguntó si invitaría a su nieta. Ramiro aceptó encantado.


Alea iacta est.


Antes de ir a la fiesta, Sol le dio su regalo de cumpleaños: un radiante broche de oro para el pelo, con su nombre grabado en medio de veintiuna perlitas blancas. A la abuela le emocionaba que, la noche de la fiesta, Cinta recogiera su larga y suave melena del color del trigo con el reluciente pasador.


Y ese atractivo joven que la acompañó a la fiesta, se encaprichó, impetuoso, de Cinta. Después se vieron en otras ocasiones, y al cabo de muy poco tiempo se casó con ella. El chico más guapo e inteligente, un falso príncipe azul que había golpeado a la princesa hasta enviarla al hospital como una muñeca rota.


En Cuidados Intensivos, un hombre de pelo castaño y mirada serena, enmarcada en dos grandes ojos del color de la miel, cepillaba con mimo el cabello de Cinta. Un pelo ahora, mientras se debatía entre la vida y la muerte, maltrecho, sucio y alborotado, en el que aún se veían restos de sangre seca. Sol observaba con asombro que del bolsillo de su bata verde extrajo una especie de objeto brillante y ovalado. Con sumo cuidado intentó recoger algunos mechones del pelo de Cinta con él… “¡Dios mío, pero si es el pasador que le regalé a mi niña!”. Cuando acabó de peinarla y de ponerle el broche en el pelo, el hombre sonrió satisfecho y besó a Cinta en una frente perlada por el sudor frío.


“No era su médico, ¿Quién era aquel hombre que estaba besando la frente de Cinta?…”, se preguntó Sol bastante inquieta y angustiada… “Ese hombre es Lucas, el nuevo enfermero de la sexta. Como ven es muy atento y afectuoso con sus pacientes. Eso es de vital importancia aquí, en la UCI”, le contestó el doctor Peña como si hubiera adivinado sus pensamientos.


Aquella noche, años atrás, que marcaría el destino de Cinta para siempre, Lucas, el enfermero de la sexta planta del Hospital General y dueño de la casa donde se celebró la fiesta, vio como Cinta y Ramiro salían de su casa cogidos de la mano y riendo a carcajadas…”La quise desde el primer momento que la vi”, le confesó a Sol cuando salió para hablar con ella…”Encontré el precioso pasador con su nombre grabado. Fueron muchas chicas esa noche a mi fiesta de fin de carrera… Pasé cinco largos años de mi vida buscando la bella melena a la que pertenecería esta joya, sin ningún resultado… ¡Pero, hoy, cuando han traído a su nieta a la UCI, he comprendido en seguida que mi búsqueda había terminado cuando he descubierto su nombre en el informe: Cinta... mi desgarrada princesa!”.


De repente, y mientras ambos dirigían sus miradas de lágrimas furtivas hacia donde Cinta yacía malograda, vieron con gran asombro como la princesa abría sus enormes ojos y, tímidamente, les sonreía.


Aliquid novi.





(*) Relato finalista del Certamen convocado en Diciembre de 2009 por Ediciones Fergutson
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Soy la niña que asoma por la esquinita de la ventana, la primera por la izquierda...

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JOSÉ SARAMAGO: 16 de noviembre de 1922 - 18 de junio de 2010... ¡HASTA SIEMPRE MAGO DE LAS LETRAS!

JOSÉ SARAMAGO: 16 de noviembre de 1922 - 18 de junio de 2010... ¡HASTA SIEMPRE MAGO DE LAS LETRAS!
La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva. Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran. Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte...

CUANDO NO ENCUENTRES CONSUELO... LA MÚSICA ES EL MEJOR LENITIVO PARA EL ALMA...

¿SUEÑAN LOS 'REPLICANTES' CON UN MUNDO SIN FECHA DE CADUCIDAD?

EL BESO QUE TE ADIVINA ... es la Luz que te conduce a sacar de tí lo mejor ...

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a crecer en la mirada de quien verdaderamente te ama. El verdadero amor te quiere libre y como ser expansivo. Nunca admite murallas para el alma que respira... Es descubrir tu segunda piel, la que te eleva a la capacidad de ser decididamente afectivo, humedeciendo con licor de alegría los desiertos emocionales ... CARLOS VILLARRUBIA.

VIVIMOS SIEMPRE JUNTOS...

Llenamos el caldero
de risas y salero,
con trajes de caricias

rellenamos el ropero.

Hicimos el aliño

de sueños y de niños,
pintamos en el cielo
la bandera del cariño.

Las cosas se complican,
si el afecto se limita
a los momentos de pasión...

Subimos la montaña

de riñas y batallas,
vencimos al orgullo
sopesando las palabras.

Pasamos por los puentes

de celos y de historias,
prohibimos a la mente
confundirse con memorias.

Nadamos por las olas
de la inercia y la rutina,
con la ayuda del amor.

Vivimos siempre juntos, y moriremos juntos,
allá donde vayamos seguirán nuestros asuntos.
No te sueltes la mano que el viaje es infinito,
y yo cuido que el viento no despeine tu flequillo,
y llegará el momento
que las almas
se confundan en un mismo corazón...
(Letra y música: Nacho Cano)

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A LAURA SUJAMI: 'IN MEMORIAM'.

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QUERIDA LAURA: TU PASO POR ESTA GRAN ESCUELA, LA TIERRA, HA SIDO UNA BENDICIÓN ... ¡DESCANSA EN PAZ! Pincha en la vela y navegarás al blog de salud que administró Laura con mucho cariño...