Para todos los peques de "Mar Adentro" que han recibido o van a recibir su Primera Comunión.
Mayo, por excelencia, es el mes de las Comuniones. Escribí este cuento en uno de mis primeros talleres de escritura, hace ya... uy, no lo recuerdo :). Después de pasar por varias revisiones, pulidos y "desempolvados", se lo enseñé a Fani, mi pintora prefe, y aquí tenéis el resultado. Una historia (casi leyenda) muy especial porque está basada, en parte, en hechos reales —para el que crea en la magia, claro—.
Un regalo, Navegantes, para que lo compartáis con vuestros Grumetillos. ¡Qué lo disfrutéis!
No olvidéis pinchar sobre la ilustra de Fani para verla a tamaño natural.
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La pequeña Elsa. Ilustración realizada especialmente para este cuento por © Mª Estefanía López Gay.
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«La infancia es un territorio de magia. Un lugar lleno de globos volando que nunca explotan. Una comarca cargada de sueños de papel y de lápices de colores. Un bosque encantado con árboles de manzanas de
caramelo, un arcoíris con amigos invisibles y nubes de algodón de azúcar. El
sol, un enorme balón amarillo. Las estrellas, chispeantes esperanzas de chocolate
y la ilusión, una bengala siempre encendida…».
Elsa se despertó con el «pi-pi-ri-pí»
de los pájaros. Le gustaba escuchar cómo se contaban sus cosas. Se sentía muy
bien, sus trinos le recordaban a las fiestas del pueblo. Faltaba muy poco para
las próximas vacaciones. A Elsa le ilusionaba mucho volver a los largos días de
sol, de chapuzones en el río y de horas jugando en la calle entre risas y un
montón de helados.
También
estaba muy contenta porque aquella mañana, con tantos pajaritos revoloteando por
el cielo de su barrio, Elsa hacía su Primera Comunión. Pese al insistente piar
de las aves, en su casa reinaba el silencio. Aún no entraba mucha luz por entre
las rendijas de la persiana, pero Elsa se sentó en su cama y se recostó sobre
la almohada. Se quedó muy quietita, temblando de miedo, alegría y nerviosismo,
todo junto.
Miró su
ropa y le pareció que una de sus sandalias se había movido. Abrió los ojos como
platos y sin pestañear ni respirar fijó su mirada en aquel zapato pillín. Elsa
se quedó boquiabierta cuando, de pronto, las dos comenzaron a trotar delante de
ella. ¡Sus sandalias de Primera Comunión estaban bailando al compás de unos
pies invisibles! Elsa sintió miedo y corrió a esconderse debajo de las sábanas.
Quizás al destaparse otra vez, todo seguiría en su sitio igual que cuando se
despertó.
Acurrucada
bajo la colcha y para sentirse mejor, pensó en sus regalos. En esa muñeca de sus
sueños que le había prometido la tita Merche. Pero no le hacía gracia eso de
desfilar con un cirio en la mano delante de tanta gente. O tener que leer una
cosa que llevaba escrita en un papel azulado. Elsa era una niña muy tímida, sus
padres decían que era un poco especial. Se inventaba muchas historias mágicas
sobre cepillos de barrer que tenían un reinado o hadas que jugaban con ella a
indios y vaqueros. Elsa no sabía aún que la ropa pudiera bailar. La niña no
hacía caso a los que pensaban que era un bicho raro, al fin y al cabo ellos no
creían en la… ¿magia? De pronto, Elsa recordó sus sandalias saltarinas y apartó
muy despacio las sábanas de su cara…
Volvió a
mirar. Colgado del perchero de la puerta, entre las sombras burlonas y
perezosas de los primeros rayos de sol, estaba su radiante traje de comunión. Parecía el vestido de una princesa,
con sus margaritas, volantes y encajes blancos. Debajo de él, apoyadas en su
caja, estaban las sandalias bailarinas. Como si se encontrara dentro de un
sueño, Elsa recorría de arriba abajo y de abajo a arriba aquel extraño conjunto.
Y de repente… ¡comenzaron a danzar todos a la vez! Además de las sandalias, ahora
el vestido también bailaba, vivaracho y animado, igual que si un cuerpo
invisible se moviera dentro de él. Desde luego, ¡ay qué ver lo bien que marcaba
el ritmo! La niña observaba el espectáculo fascinada. Intentó llamar a su
madre, pero la boca no le hacía caso.
Al poco
rato, la puerta de su habitación se abrió y apareció la cara sonriente de su
madre. Por fin, Elsa pudo articular algunas palabras:
—Mami… ¿la ropa puede bailar?
—Pero Elsita, nena, ¿ya estás
otra vez con tus cosas?
La niña seguía en su cama, sin
moverse. Su dedo índice señalaba hacia el perchero, el lugar donde unos minutos
antes sus zapatos y su vestido de comunión habían brincado y bailoteado de lo lindo como en
los dibujos animados.
—Qué…, ¿es bonito tu traje?, ¿verdad,
reina? ¡Claro que sí! Mi niña, la ropa baila solo si nosotros lo hacemos dentro
de ella. ¡Qué cosas tienes! Ea, deja de hacer el tonto y levanta ya de una vez.
Tienes que vestirte, que no se haga tarde…
En la
capilla del colegio, todavía nerviosa e inquieta, Elsa miró de reojo a las
demás niñas y a todos los familiares allí congregados. Mientras caminaba hacia
el altar junto a su compañera, con una vela blanca que abultaba más que ella, soltó
una divertida carcajada al recordar los bailes de su habitación. Elsa sintió
que la magia de sus historias le ayudaba a sentirse menos rara y solitaria.
Algunas personas le miraban, extrañadas..., —estará contenta, es el día de su Primera Comunión— pensarían…
Elsa, sin parar de reír, sabía que era la única niña que, en aquellos momentos,
se encontraba dentro de un poderoso traje mágico. ¿Cuál sería la siguiente
aventura?
© Mar Solana.
También puedes leer este cuento y otros interesantes artículos y relatos en el número 10 de la Revista Digital "Terral" (pincha en el nombre o en la portada).