Bienvenido a esta Bitácora, Navegante. Aquí encontrarás mi «Cuaderno de Impresiones, Cuentos, Relatos, Poemas, Reflexiones y otras Historias».

Escribí mi primer cuento con once años, lo inventé en un pequeño aseo donde me gustaba jugar. Con quince decidí que quería aprender el Arte de «Domar Caballos Salvajes» (léase Emociones que necesitan volver a coger sus riendas). Por eso llevo veintiún años, con sus amaneceres y sus lunas, ejerciendo la Psicología; esa «ciencia» tan infusa como errática. Mis raíces están en tierras de Castilla, pero mi alma se siente de las Costas y el mar del Norte. En mis sueños me reúno con las Sirenas, las Estrellas de mar, los Ventolines y los Caballitos del Cantábrico... Hace un septenio regresé a mi pequeño Taller de Letras. Y ahora soy «Psicolotora» especializada en Literalogía o «Escritóloga» en Psicoratura. Me chifla inventar palabras, tender historias de Letras en las cuerdas del olvido y airear mis impresiones al barlovento del papel...

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CON LA MAGIA DE LAS LETRAS Y EL AMOR DE SUS ENCUENTROS...

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«La mente intuitiva es un don sagrado del que la mente racional es su fiel sirviente. Hemos creado una sociedad que honra el sirviente y ha olvidado su don» © Albert Einstein. Imagen: Faro de Suances (Cantabria) © Mar Solana.

lunes, diciembre 23

El Espíritu de la Navidad Por Mar Solana

"Mi cuaderno de impresiones, cuentos, relatos, poemas, reflexiones y otras historias".

"El espíritu de la Navidad". Autora:  Marazul45
Hermes Trudent estaba a punto de encontrarse con algo que iba a cambiar su existencia para siempre, rutinario y banal, pero tentador como la manzana del paraíso.

Hermes se dirigía al museo de ciencias naturales a cubrir dos turnos hasta bien entrada la madrugada. La nieve recién caída, igual que puñados de harina, delataba sus huellas. En las zonas umbrías se había congelado y caminaba atento para no resbalar aquella mañana de Nochebuena de dos mil doce. Los mayas habían predicho el fin del mundo para unos días antes. Pese a todo, la tierra aún giraba y permanecía de una pieza.

«No se preocupe, señora Harrison, haré mi jornada y la de Nelson sin ningún problema…», le había dicho a su jefa, atento y servicial como de costumbre.

Una esposa radiante trinchando un pavo, unos niños correteando entusiasmados  cerca de un árbol repleto de luces y regalos, o acaso el reconfortante crepitar de una chimenea…, no, nada de eso le esperaba hoy a Hermes. La maldita Navidad y ese espíritu que parecía levitar de formar desigual sobre los asuntos humanos, le parecían un invento de mierda, sobre todo desde que él y Marie decidieron separar sus caminos.

Antes de enfilar las escaleras del museo, se encontró con el puesto callejero de una curiosa mujer que vendía pastelillos calientes. Estaban dispuestos en bandejas de cartón dorado de diferentes tamaños y tenían un aspecto muy apetitoso. Un letrero de pulso precipitado e infantil anunciaba:

«Pruebe los espíritus de Navidad… ¡son deliciosos!».

El nombre de esos dulces con forma de buñuelo le hizo sonreír, «vaya ironía», pensó Hermes mientras pedía dos «espíritus» para llevar. Los ojos de aquella mujer, oscuros y penetrantes, tan atractivos como el género que vendía, se le clavaron en algún lugar recóndito de su ánimo. Una sensación nueva, distinta, humedeció sus sentimientos como tenues gotas balsámicas y reparadoras. Hermes se sintió incómodo, extraño. Sus plomizos arrestos le habían forjado una voluntad inquebrantable desde que no vivía con su familia. Ni siquiera imaginar a Marie con Malcolm, su nueva pareja, sonriendo satisfecha al ver a sus hijos y a los de él abriendo sus regalos de Navidad, o gimiendo de placer cuando hicieran el amor aquella madrugada, lograban perturbarlo. Cuando se separaron decidió poner un candado a todos sus reconcomios. Y ahora, la mirada de esa vendedora ambulante, igual que un cofre custodio de inimaginables secretos, le ponía la llave en sus narices. Con unas manos resueltas y sin dejar de observar a su cliente, introdujo los dos bollitos en una caja roja que cerró con un lazo verde.

Hermes subió los escalones que le separaban del museo mascando esa rara impresión que ya flotaba en su ser. Antes de entrar, echó unas monedas en la máquina de café. Era un aguachirle infumable, pero le vendría bien algo caliente para acompañar los pastelillos y templar el cuerpo. Metió el anorak en su taquilla y se sentó en su puesto, listo para degustar esos suculentos «espíritus de navidad». Aún faltaba más de una hora para que el museo abriera sus puertas; no obstante, en Nochebuena la confluencia de público era más bien escasa. Pegó un bocado a uno de los bollitos y su memoria le llevó hasta la tarta de crema que hacía su madre en Navidad; estaban realmente exquisitos. Al acabar de saborear el segundo pastel sintió una felicidad inusitada, el presentimiento de que esa noche solo podía ocurrirle algo bueno. Una emoción parecida a la de sus hijos cuando, expectantes, se iban a la cama con la ilusión de Papá Nöel en sus sueños. Desde luego, eran sensaciones que Hermes había enterrado hacía mucho tiempo.

A las cinco de la tarde en punto echó el cierre, pero él debía alargar su vigilancia hasta la madrugada del día de Navidad. Cogió su novela y buscó una postura cómoda en la silla. De pronto, una mujer apareció frente al mostrador. Una belleza espectacular de no más de treinta años, ojos verdes, cabello taheño y nariz griega lo observaba como presa de un hechizo.

—Oiga, señorita… o señora, ya hemos cerrado. Es normal que en un sitio tan grande se haya distraído. Venga, le acompañaré a la salida… —le dijo Hermes haciendo gala de unos modales cordiales y educados.

—Déjame quedarme aquí contigo. Está oscureciendo y con este frío comenzará a nevar de un momento a otro. Vivo lejos y se me ha hecho muy tarde.

—Pero… ¿señorita?

—Sí…

—¿No tiene usted dónde ir, mujer? Tendrá una familia que le espere para cenar…, hoy es Nochebuena.

—No te preocupes, no tengo a nadie —le dijo la chica intentando leer la plaquita identificativa del bolsillo de su americana—. Solo necesito guarecerme esta noche, Hermes, mañana me iré.

Una mirada esmeralda, suplicante y profunda como un horizonte marino, y la calidez de su voz afrutada consiguieron convencer al guardián del museo, que volvió a sentarse en su puesto detrás del mostrador. La mujer abrió una bolsa y sacó una botella de champán francés y algo para picar. Le ofreció a Hermes que la observaba fascinado y satisfecho de haberle dado refugio una noche como aquella. Se alegró de no estar solo y aceptó la invitación.

—Lo había comprado para  mi cena, pero me resulta muy agradable compartirlo contigo ahora.

Hermes se levantó con la idea de comprar más pastelillos calientes y de sacar café de la máquina de la entrada. La mujer lo miraba con sonrisa maternal, ojos chispeantes y boca seductora. Era lo más bonito que él había visto en su vida. La vendedora ambulante había desaparecido y comenzaba a nevar tal y como ella aventuró. Regresó con dos humeantes aguachirles.

—Ya no necesitas más bollitos, Hermes… —le dijo con gesto cómplice. Se acercó a él y le besó en la mejilla y luego en la boca. Hermes sintió la humedad de su lengua inquieta y se excitó. Sin pensarlo, la cogió en brazos y la llevó a la salita donde estaban las taquillas y una cama turca para los vigilantes del museo. Ella le quitó la camisa y comenzó a acariciarle el pecho y los pezones con una dulzura que a Hermes se le antojaba desconocida. Él la desnudó poco a poco, bebiéndose cada rincón de su piel que quedaba al descubierto. Pasaron mucho tiempo entre besos, abrazos, y caricias. Hicieron el amor de una forma lenta y acompasada, sin prisas, como si los granos de arena también se hubieran congelado. La excitación apresurada pertenecía a esas mujeres fáciles con las que Hermes se desahogaba algunas veces. Se durmieron abrazados, parecía que llevaban una eternidad haciendo lo mismo…

Cuando despertó, ella se encontraba a los pies de aquel catre destartalado y perezoso como un ángel caído del cielo. Le sonreía y en sus ojos se concentraba toda la dulzura y el amor del mundo. Hermes pensó que quería pasar el resto de su vida al lado de aquella diosa llamada… ¡ni siquiera lo sabía!

—No importa cómo me llamo, Hermes. Tengo el nombre que cada uno quiera darme, lo importante es lo que soy… —se adelantó ella adivinando sus pensamientos. Hermes se incorporó de un brinco.

—¿Puedes leer mi mente? ¿Quién eres?

—Soy el espíritu de la Navidad, Hermes…

—¡Venga ya! —exclamó con sorna—No te rías de mí, por favor… ¡Yo detesto el maldito espíritu de la Navidad y esas chorradas!

—Pues anoche no lo parecía… —le dijo mientras le acariciaba el cuello con dedos de terciopelo—, me amaste de verdad. Me sentí una mujer completa, deseada y muy satisfecha. Pero ahora tengo que marcharme, debo estar con otros que me esperan…

—¿Cómo?, ¿eres una…? —ella no lo dejó terminar.

—No soy una furcia, Hermes. Ya te he dicho quién soy. Dispongo de poco tiempo y todavía hay gente que me necesita. No siempre penetro en vosotros por las mismas puertas, cada persona es un mundo de infinitas posibilidades. Tu entrada ha sido acostarme contigo…

—Y lo has hecho tan bien, cariño… —le susurró Hermes mientras le tocaba los pechos—, que he vuelto a enamorarme y hacía mucho que algo así no me ocurría en esta vida de mierda que llevo… Vaya, te has excitado otra vez, ¿ves? —le dijo mientras le señalaba sus pezones erectos debajo de un flamante vestido rojo —¡No puedes ser ningún espíritu, eres una mujer de la cabeza a los pies!

—Sí, Hermes, para ti soy la mujer que tú deseas y ¡claro que me excito con tus caricias! Pero no es así con todos y no siempre hay relaciones íntimas, ¿entiendes? Cada uno tiene sus propias necesidades… A veces soy una mujer, otras un anciano, una jovencita, un niño…, incluso, un animal o una planta…

—¿Una… planta? ¡Pero qué tonterías estás diciendo, quién seas!

—Hermes, cariño, debo irme…

—¡No… espera! Al menos déjame que te invite a desayunar. Después, no se, podríamos… —los ojos del vigilante, que antes de conocerla lucían planos, imperturbables, se llenaron de ilusión y picardía.

La mujer lo miraba en silencio pero no dijo nada más. Hermes salió a la máquina de la entrada a coger dos cafés y cuando regresó ya no estaba. La buscó por todo el mueso, ¡si hubiera salido por la puerta principal la hubiera visto!

Frustrado y confuso, Hermes Trudent regresó a su casa aquella madrugada del día de Navidad. Su entusiasmo se había convertido en un globo pinchado. Al abrir la puerta de su apartamento una oleada de calor, cargado de recuerdos, le golpeó el desánimo. Vinieron a su mente los ojos y la voz de aquella mujer. De pronto, al llegar al salón, encontró a su esposa y a sus hijos esperándolo al pie de un árbol repleto de regalos y  de buenos deseos. Marie corrió a abrazarlo.

—¿Y Malcolm?

—¡Bah! —Marie se acercó y le susurró—: Solo era bueno en la cama…

—¿Mejor que yo?

—¡Hermes! —Marie volvió a rodearlo con sus brazos y lo beso en la boca. Él notó que se iluminaba alguna parte de su ser que había permanecido umbría; una tibieza muy especial que le hizo sentir pleno, ilusionado y dichoso igual que un colegial. Recordó los bollitos calientes y las miradas de las dos mujeres. Empezó a creer que, en realidad, sí se había encontrado con el espíritu de la Navidad: dulce, cálido e intenso. La nostalgia y confusión que sentía por la bella mujer del museo habían desaparecido. Ahora su ánimo estaba anegado de Marie, de sus hijos y de un nuevo comienzo.   

© Mar Solana.

martes, noviembre 26

Sucedió en San Roque: «tuyo hasta el fin de los tiempos»

Mi cuaderno de impresiones, cuentos, relatos, poemas, reflexiones y otras historias.

            
                                            «Fue entonces cuando intuí que todos nuestros movimientos, incluso sentimientos, se producían mágicamente dentro de alguna sinfonía. Esa que luego, 
a retazos, reconocemos con los años, de donde brotan la añoranza o la memoria.» 
Ana María Matute: Paraíso inhabitado.

A mis padres, Santiago y Carmen.

Hace cincuenta y ocho años, el día de la Rosca de San Roque de 1956… (*)

«Señor Juan, presénteme usted a esta chavalina, ¡es una preciosidad!», le dijo tu padre al señor Juan, el tío de Amparito, cuando me vio por primera vez en la puerta de la iglesia del pueblo. Claro, que si no es por él y por ese viaje que hicimos tu abuela y yo, tú no estarías aquí…

La voz de mi madre, juguetona, se colaba por el auricular; destilaba gotas de suave nostalgia, como los tenues acordes de un saxo o el fermento de un buen brandy. Una voz que sonreía mientras volvía a paladear la grata melaza del pasado, gracias a ese don que tienen nuestros recuerdos de embellecerse y sublimarse con el paso de los años. «Continuará, hija, porque hay mucho que contar, ahora que lo recuerdo mejor que cuando era joven» me dice como una niña ilusionada antes de colgar el teléfono.

«Vale, mamá, ¡cuéntamelo todo!», le respondo con una avidez contenida, difícil de ocultar.

En mi ánimo siguen danzando sus palabras al son de sus recuerdos de colegiala: «tú no estarías aquí si no hubiera sido por ese viaje y por el señor Juan…». Sí mamá, por el señor Juan y por otras circunstancias que, tácitamente, se enroscan en los hilos que va tejiendo nuestro destino y que según la sabiduría  oriental, ya está escrito y no puede suceder de otra manera. Y sucedió. Aquello tan sutil que muchas filosofías llaman karma, esas fuerzas espirituales o invisibles, no terrenales, que impelen el desarrollo y consumación de los hechos que han de suceder. Como todo aquello que llevó a mis padres a encontrarse aquel día de la Rosca de San Roque de 1956…

Hace cincuenta y ocho años, en la España que mis padres acercaron posiciones por primera vez, se vivía una dictadura empañada aún por los culatazos de una contienda fratricida por la que mucha gente dejó de creer en el amor. Poco le importaba eso a mi padre, que desplegó su encanto e ilusión para intentar conquistar a mi madre; una hazaña en la que puso todo su empeño porque tenía que suceder…

Aquel verano del cincuenta y seis, mi abuela, la madre de la mía, quería pasar unos días de asueto en un lugar tranquilo. Deseaba visitar la cuna que vio nacer a su marido, mi abuelo Justo, fusilado en Madrid durante la guerra. Y esos hilos del destino se fueron enhebrando y condujeron a mi abuela hasta una conocida, que era de un pueblo vecino al del abuelo Justo. Gracias a las insistentes recomendaciones de aquella señora, mi abuela decidió alquilar una casa en el pueblo de mi padre, que estaba a solo doce kilómetros del de mi abuelo Justo. Y bajo el influjo de aquellas costuras, que se iban conformando puntada a puntada para tejer ese primer encuentro, decidió que mi madre le acompañara en aquel viaje.

Y así, el quince de agosto de mil novecientos cincuenta y seis, mi madre y  mi abuela arribaron al lugar donde nació mi padre. Ese día tiene un significado especial en los calendarios populares. Además de marcar el inicio del descenso progresivo de la canícula veraniega o de la época más calurosa del año, en algunas comarcas españolas también se celebra la festividad de San Roque. En el pueblo de mi padre, la gente pasaba el día en el campo con la típica torta o rosca, algunas dulces y otras saladas, en honor al santo. Pero antes de marchar al campo a celebrar la onomástica, acudían todos a los oficios religiosos para bendecir sus roscas.

En la puerta de la iglesia, sin saber nada de esa bendita tradición y en medio de toda la barahúnda, se encontraba mi madre, observando el ir y venir de las personas. Mi abuela y ella salían de escuchar la misa. Sintió una punzada de curiosidad sobre aquella celebración y, muy decidida, como si alguien invisible se lo hubiera soplado, se acercó a preguntar a un señor ya entrado en años y con cara de saber muchas cosas. El tejer de aquellas puntadas, hilos caprichosos, le llevó hasta el emblemático señor Juan, el tío abuelo de nuestra vecina Amparito, el «ángel» que los presentó. El señor Juan era un tipo de lo más entrañable, bajito, de cabellos canos que asomaban por una castiza gorra de vichí. Cuando era pequeña, durante mis vacaciones en el pueblo, le recuerdo leyendo muy concentrado a la sombra de una acacia. Unos ojos atentos recorrían las selecciones del Reader´s Digest, esas revistillas americanas de los años cuarenta, de tamaño diminuto, que traían muchas curiosidades…

«Cuenta una leyenda popular que a San Roque le salvó la vida un perro ─que no tenía rabo─ cuando enfermó de peste y se retiró al bosque en soledad para no contagiar a nadie. El animalito le llevaba todos los días un trozo de torta que robaba a su amo, y fue así como el amo del perro sin rabo descubrió a San Roque, ya muy enfermo, y se lo llevó a su casa para curarle…».

Y mientras el señor Juan, amable y atento, le explicaba a mi madre todos los pormenores y mayores de aquella algarabía, las puntadas alcanzaron a enhebrar también a mi padre que pasaba por allí, en ese preciso instante. Y vio a su amigo, el señor Juan, conversando con una imponente morena que quizás se había escapado de un cuadro de Julio Romero de Torres. La belleza de aquella chavalina, que vio por primera vez en la puerta de la iglesia, descollaba a través de los contornos de la sierra gredense igual que los primeros rayos del alba. Y mi padre, que a lo largo y ancho de su andadura donjuanesca aún no había conocido a moza alguna de su agrado, ni corto ni perezoso se acercó al señor Juan y le dijo:

—Señor Juan, presénteme usted a esta chavalina, ¡menuda preciosidad!

Y comenzó una bonita historia de amor, salpicada con la peculiar indecisión de deshojar margaritas que siempre ha caracterizado a mi madre. Una historia de amor con sus avatares, como todas. Mi padre jamás se desanimó y no cejó en su empeño de escribirle a mi madre todos los días un poema de amor.

Casi tres años después de aquel día, el seis de julio del cincuenta y nueve, ese encuentro tañó a campanas de boda. Más de medio siglo después, y pese a que mi padre lleva diez años postrado por un indeseable ictus y a los altibajos de la ya menguada salud de mi anciana madre, aquella historia de amor que comenzó en San Roque todavía conserva su latido.

Esta foto la tomé el día que mi madre recibió el alta tras casi un mes y medio de hospitalización. Creo que sobran las palabras...

Piensa que el mundo se acabará,
que las estrellas perderán su brillo,
y que el sol quedará en tinieblas.
Pero mi amor por ti,
no podrá abatirlo el tiempo,
por ser Eterno.

Tuyo hasta el fin…

Uno de los poemas que mi padre dedicó a mi madre cuando eran novios.

© Mar Solana.

(*) Reedición revisada.

jueves, octubre 31

La Luz de un Recuerdo...

«Mi cuaderno de impresiones, cuentos, relatos, poemas, reflexiones y otras historias...»


El domingo pasado me dejé cautivar por la peli «El diario de Noah». No pude resistirme y, pese a que me levanto muy temprano, me quedé hasta el final con varios clínex empapados y desperdigados por la mesita. Y es que hay sacrificios que bien merecen las ojeras del día siguiente…

«El diario de Noah» es el título con el que se presentó la película en España. En realidad se llama «The Notebook» y la estrenó en el año 2004 el director norteamericano Nick Cassavetes. Inspirada en la novela homónima de Nicholas Sparks publicada en 1996, «El diario de Noah» es un drama romántico, una preciosa historia de amor de regusto agridulce; una tensa pasión tejida a tibias puntadas en la biografía de una pareja que te atrapa desde su más tierna adolescencia. Créeme, no te dejará indiferente. El autor de la novela, Nicholas Sparks, se inspiró en los abuelos de su esposa; trató de llevar a las letras el amor entre estas dos personas con más de sesenta años de matrimonio a cuestas, ¡ahí es na!

En el tiempo que nos ha tocado vivir y que me gusta llamar «menterialista» (una suma entre «mente» y «materialista»;)), hay muchas personas que rechazan las novelas o películas de este género, aludiendo a que su fácil sensiblería solo cautiva a románticos superficiales y demodé. Gente bonachona que, en realidad, no sabe profundizar en otros aspectos de la existencia.

Y es cierto que hay pelis y novelas así, doy fe. Con algunas casi te rechinan los dientes igual que si te metes una cucharada de azúcar en la boca. Pero «El diario de Noah» tiene algo especial, una mágica y sutil sintonía con tu propia vida. O quizás sea la conexión que uno intuye al sentir el verdadero amor, ese que se da sin condiciones y que resulta tan escaso, extraordinario e inaudito en la existencia humana. 

La vida me ha obsequiado con un doble regalo: me he criado con un amor semejante entre mis padres, además del que ahora disfruto con mi pareja, fruto de una historia muy parecida a la que vivieron Noah Calhoun y Allie Nelson, los protagonistas de la película.

Y quizás fue esta semilla la que inspiró el fruto de un microrrelato que escribí hace dos años: «La luz de un recuerdo», cuando ni siquiera conocía la película, aunque tenía idea de la existencia de la novela. Mi micro habla de ese amor que, incluso, es capaz de noquear al ciclópeo monstruo del Alzheimer; muy parecido al de Noah y Allie. Ahora entenderéis el por qué de tanto clínex mojado sobre la mesita del salón.

Pero aquí no acaba eso de «fueron felices y comieron…», no. Para una servidora llorona, que además no cree en los hechos fortuitos, esta peli fue una verdadera señal. Al día siguiente me comunicaban la grata noticia de que me habían publicado «La luz de un recuerdo», junto con una carta de amor de la época nazi:«Sarah», en una entrañable antología de las obras mejor valoradas por los usuarios de la Web «mundopalabras»  ¿Fue -o no fue- algo premonitorio ver hasta el final, pese al sueño, esta inolvidable película?

El libro se llama: «El libro del Top Mes. Relatos, Microrrelatos y Poesías.» y si estás interesado lo puedes adquirir AQUÍ a un precio estupendo.

En el video musical que recomiendo para esta semana, he insertado una de mis canciones preferidas de la BSO de esta película. Se titula “Everytime we touch” (algo así como «siempre que nos tocamos…») y es de una banda germana que se llama Cascada. Espero que la disfrutéis sin el moco tendido como yo ;))
Aprovecho esta incursión mar adentro, antes de meternos de lleno en noviembre, para pedir mil disculpas a mis Navegantes por el abandono al que tengo sometido este bergantín virtual. Varios proyectos literarios y laborales me han secuestrado el minutero: me piden concluirlos hasta el final si quiero asomar de nuevo mi cabecilla por las aguas de letras de  este mar. Os prometo que entonces publicaré una entrada dedicada al amor de mis padres, el que se profesan desde que se dieron el «sí quiero» hace ya la friolera de cincuenta y cuatro años. Uf... Te quiero en mi vida, siempre.


Y a vosotros también, Navegantes…

© Mar Solana.

lunes, septiembre 23

Las Últimas Estocadas. Por Mar Solana

"Mi cuaderno de impresiones, cuentos, relatos, poemas, reflexiones y otras historias".
Pintura: "Rejoneo" de Juan Carlos Pérez Alcántara.

A Vulcano…  y a todos los animales que continúan siendo víctimas de la estulticia y crueldad humanas.

Paulino se lleva las manos a la cabeza. Acaba de ver, a través del plasma infernal, como descerrajaban un tiro en la nuca a una fila de hombres. Soldados sirios ajusticiados. Responsables… ¿de hacer la guerra? Desnudos, en cuclillas, maniatados; hay que asegurarse de que los reos no pierdan los papeles hasta el último momento. Y con las manos… ya se sabe. Paulino agarra la botella de vino. «Me cago en la leche. Joder». Para pasar el «mal trago» se sirve una copa que apura de una sola vez. Y luego otra. Y otra. Las tachuelas invisibles que sujetaban aquella imagen en su mente van cediendo. Flotan en una nebulosa donde los hombres se desploman en un charco de sangre. Y de pronto todo se vuelve más amable. El mundo es así y punto redondo. ¿Por qué iban a importarle aquellos desgraciados? A trompicones alcanza el catre. Paulino tiene que metabolizar hasta la última gota del denso caldo que se ha sorbido sin miramientos. Mañana debe aparecer fresco como un racimo de uvas. Será el centro de atención cuando aseste los puyazos y las últimas estocadas al toro de lidia elegido para el tormento festivo de su pueblo.

Safe Creative #1309235806371 Mar Solana

AD AETERNUM...

TENEMOS DOS OREJAS Y SÓLO UNA BOCA...

TENEMOS DOS OREJAS Y SÓLO UNA BOCA...
PARA ESCUCHAR EL DOBLE DE LO QUE HABLAMOS ;=D

CUADERNO DE BITÁCORA: "DIARIO DE NAVEGACIÓN" ...

MAR ADENTRO AVISA E INFORMA:

Safe Creative #1302210074901
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HACE CUARENTA Y CINCO AÑOS (¡WOW!)... YA ME GUSTABA LLEVAR LECTURA AL CAMPO ;DD

HACE CUARENTA Y CINCO AÑOS (¡WOW!)... YA ME GUSTABA LLEVAR LECTURA AL CAMPO ;DD

Soy la niña que asoma por la esquinita de la ventana, la primera por la izquierda...

Soy la niña que asoma por la esquinita de la ventana, la primera por la izquierda...
GRACIAS, MÓNICA...

ME GUSTARÍA SER DUEÑA DE UN INGENTE TESORO...

ME GUSTARÍA SER DUEÑA DE UN INGENTE TESORO...
... EL TIEMPO DESGRANADO Y SIN PRESTEZAS PARA ESCRIBIR, ESCRIBIR, SÓLO ESCRIBIR...

SABIA MAFALDA...

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Pincha en la imagen si quieres ver una historia realmente bella...

¿TE APETECE ENTRAR EN LA BITÁCORA DE "MAR ADENTRO"?

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JOSÉ SARAMAGO: 16 de noviembre de 1922 - 18 de junio de 2010... ¡HASTA SIEMPRE MAGO DE LAS LETRAS!

JOSÉ SARAMAGO: 16 de noviembre de 1922 - 18 de junio de 2010... ¡HASTA SIEMPRE MAGO DE LAS LETRAS!
La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva. Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran. Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte...

CUANDO NO ENCUENTRES CONSUELO... LA MÚSICA ES EL MEJOR LENITIVO PARA EL ALMA...

¿SUEÑAN LOS 'REPLICANTES' CON UN MUNDO SIN FECHA DE CADUCIDAD?

EL BESO QUE TE ADIVINA ... es la Luz que te conduce a sacar de tí lo mejor ...

EL BESO QUE TE ADIVINA ... es la Luz que te conduce a sacar de tí lo mejor ...
a crecer en la mirada de quien verdaderamente te ama. El verdadero amor te quiere libre y como ser expansivo. Nunca admite murallas para el alma que respira... Es descubrir tu segunda piel, la que te eleva a la capacidad de ser decididamente afectivo, humedeciendo con licor de alegría los desiertos emocionales ... CARLOS VILLARRUBIA.

VIVIMOS SIEMPRE JUNTOS...

Llenamos el caldero
de risas y salero,
con trajes de caricias

rellenamos el ropero.

Hicimos el aliño

de sueños y de niños,
pintamos en el cielo
la bandera del cariño.

Las cosas se complican,
si el afecto se limita
a los momentos de pasión...

Subimos la montaña

de riñas y batallas,
vencimos al orgullo
sopesando las palabras.

Pasamos por los puentes

de celos y de historias,
prohibimos a la mente
confundirse con memorias.

Nadamos por las olas
de la inercia y la rutina,
con la ayuda del amor.

Vivimos siempre juntos, y moriremos juntos,
allá donde vayamos seguirán nuestros asuntos.
No te sueltes la mano que el viaje es infinito,
y yo cuido que el viento no despeine tu flequillo,
y llegará el momento
que las almas
se confundan en un mismo corazón...
(Letra y música: Nacho Cano)

MI AMADO SALITRE...

A LAURA SUJAMI: 'IN MEMORIAM'.

A LAURA SUJAMI: 'IN MEMORIAM'.
QUERIDA LAURA: TU PASO POR ESTA GRAN ESCUELA, LA TIERRA, HA SIDO UNA BENDICIÓN ... ¡DESCANSA EN PAZ! Pincha en la vela y navegarás al blog de salud que administró Laura con mucho cariño...