Bienvenido a esta Bitácora, Navegante. Aquí encontrarás mi «Cuaderno de Impresiones, Cuentos, Relatos, Poemas, Reflexiones y otras Historias».

Escribí mi primer cuento con once años, lo inventé en un pequeño aseo donde me gustaba jugar. Con quince decidí que quería aprender el Arte de «Domar Caballos Salvajes» (léase Emociones que necesitan volver a coger sus riendas). Por eso llevo veintiún años, con sus amaneceres y sus lunas, ejerciendo la Psicología; esa «ciencia» tan infusa como errática. Mis raíces están en tierras de Castilla, pero mi alma se siente de las Costas y el mar del Norte. En mis sueños me reúno con las Sirenas, las Estrellas de mar, los Ventolines y los Caballitos del Cantábrico... Hace un septenio regresé a mi pequeño Taller de Letras. Y ahora soy «Psicolotora» especializada en Literalogía o «Escritóloga» en Psicoratura. Me chifla inventar palabras, tender historias de Letras en las cuerdas del olvido y airear mis impresiones al barlovento del papel...

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«La mente intuitiva es un don sagrado del que la mente racional es su fiel sirviente. Hemos creado una sociedad que honra el sirviente y ha olvidado su don» © Albert Einstein. Imagen: Faro de Suances (Cantabria) © Mar Solana.

miércoles, mayo 13

LA PLUMA DE ORO



Pero… ¿¡¡Qué demonios era aquello!!?” ─exclamó Joe aterrado y petrificado en un lugar de Central Park de cuyo nombre no deseaba acordarse…


Aquella calurosa mañana de primeros de septiembre, en el distrito de Manhattan, algunas nubes preñadas de agua surcaban el cielo. Iban y venían pidiendo permiso al sol para invitar a beber a la tierra seca y ajada por el incesante calentamiento del estío. Joe había extraviado su pluma de oro recién estrenada, un bonito regalo que le hizo su amigo Harry por su trigésimo séptimo cumpleaños. Se encontraba en un apartado lugar de Central Park, buscando con tesón su precioso tesoro dorado. Aquel sitio se había convertido en su última esperanza para encontrarlo. Pero ahora, le asaltaban de nuevo sus habituales y pertinaces dudas. El día anterior, se había dedicado con ahínco a buscar su pluma nueva haciendo pequeñas y desesperadas batidas por todos los rincones del autobús que conducía desde hacía diecisiete años. Aprovechó los momentos de descanso, entre ruta y ruta. Más los resultados fueron infructuosos. No obstante, Joe no estaba totalmente convencido de haberla perdido allí. Albergaba un brumoso recuerdo sobre si volvió con su pluma a casa, tras el picnic que ofreció a sus amigos para celebrar su cumpleaños, o sobre si quizás, se hubiera extraviado allí, en aquel agradable y apartado rincón de Central Park donde lo celebraron y donde Joe, orgulloso de su brillo y empaque, estuvo jugueteando con ella, entre risas y bromas, para presumir de pluma nueva con todos sus amigos.


Joe era un tipo alto y de complexión atlética. Tenía la tez y el cabello tan morenos que quizás le concedieran un aspecto más latino que americano. A cada lado de una prominente e irregular nariz, se abrían paso unos ojos vivarachos, pequeños y del color de la miel. Unos labios finos y casi permanentemente fruncidos dotaban su semblante de una extraña catadura, como en un rictus de permanente despiste, y unas piernas larguiruchas y algo patizambas le otorgaban un porte desgarbado.


Rápidamente decidió ponerse manos a la obra, y con un mohín de desdén en sus labios y un manotazo en el aire, desechó todas sus reflexiones que sólo le estaban trayendo angustia y más confusión. Comenzó a buscar por el último sitio donde recordaba haber guardado el estuche de la pluma, miró por allí y por allá y nada, ni rastro. Una oportuna huelga de basuras junto con la soledad y el aislamiento de aquel lugar jugaban a su favor y Joe, visiblemente impaciente, miró en las repletas papeleras de la zona. Nada. Volvió sobre sus pasos y se acercó a la enorme secuoya donde estuvieron reposando la comida. Recorrió el milenario árbol palmo a palmo y cuando ya creía tener todas sus esperanzas perdidas, un pedacito de suelo apareció iluminado, radiante y dorado ante sus ojos. Se acercó aún más, pletórico de entusiasmo, se agachó y allí estaba la más buscada, la más deseada, entre hojas caídas, algunos papeles, arena y… pero… “¿Qué mierda es esto?, ¡maldita sea!...pero si es una… ¡Oh, dios, no puede ser, no puede ser…!”─decía Joe totalmente aturdido, como presa de un mal sueño.


A aquellas horas del crepúsculo de finales del verano, todo Central Park se hallaba impregnado de una mezcla de aroma a rosas, menta y hierba fresca, pero en aquellos instantes, Joe sólo podía percibir como una sutil corriente de aire saturaba sus enormes fosas nasales con un hedor pútrido y nauseabundo. Sintió deseos de vomitar. De repente, vio con estupor cómo se acercaban cuatro policías, tres hombres y una hermosa mujer. Les acompañaba otra mujer, algo más joven y ataviada con unos minúsculos shorts y una ceñida camiseta de algodón blanca. En su mano derecha portaba una elegante correa para sujetar a su inquieto perro, un Cocker color canela de aspecto impecable.

“Pero… ¿quién diantres?, ¡si hace unos segundos estaba completamente sólo!” Joe comenzó a temblar y rápidamente y casi sin pensarlo, decidió ocultarse al abrigo de unos densos y tupidos matorrales, con sutileza apartó algunas brozas en el afán de fabricarse una mirilla improvisada.

─ ¡Eh, tú, la del perro, o cómo diablos se llame usted! Tendrá que ir a declarar a la Central─ dijo el comisario Bloodhound mientras explotaba un globito de una masa pastosa y verde que daba vueltas en su boca como calcetín en lavadora. Era increíble, pero a Joe le pareció, desde aquella distancia, como si aquel policía tuviera cara de perro. Y más o menos, así era, aunque en lugar de gruñir o ladrar, hablaba.

─ Pero señor, ha sido su perro el que…

─ agente García, cierre su bonita boca y reserve su saliva para la compra del super─dijo el comisario al tiempo que espetaba una sonora carcajada que coronó con otro globito explotado en las mismas narices de la guapa y eficaz agente de policía, Reyes García. Una simpática mejicana que siempre patrullaba por Central Park, al atardecer. A Joe le resultaba increíblemente familiar aquella mujer morena, de curvas marcadas a pesar de lo masculino de su indumentaria y penetrantes ojos negros.

─ ¡Vamos, nena, mueve tu precioso culito y llévate a la del perro a declarar, yaaa, joder! ¡Smith, pida refuerzos a la Central y que peinen la zona, ahora! ¡Rodríguez, despierta de tu puto alucine y coge la maldita pala para retirar toda la puta basura… a ver qué coño tenemos ahí!─ les aulló el comisario para imponer sus… groseras maneras de proceder y sus desabridos modales labrados a conciencia durante los nueve años que pasó en los Marines. La agente García y los demás, ya estaban acostumbrados a su tosquedad y a su lenguaje de taberna. Puta y maldito, en sus diferentes formas y entradas, eran las palabras más pronunciadas por aquel aguerrido comisario.


Al agente Rodríguez, un tipo gordito, calvo y sudoroso, se le unió el agente Smith, un policía de complexión robusta, tímido y de carácter más sosegado. Venía con refuerzos, con unas grandes bolsas de plástico negras y varias palas más. Sin intercambiar palabra, ambos agentes cavaron con obstinación y presteza durante algunos minutos. Joe observaba la escena sin dejar de temblar, cada vez sentía más pavor, tanto, que apenas se atrevía a respirar o a tragar saliva. El comisario Bloodhound, se movía con paso firme por la zona. Iba de aquí para allá, escrutándolo todo a su paso, husmeando cualquier rastro extraño y auscultando todos los sonidos y ruidos desconocidos de aquel lugar. De repente, se paró justo enfrente del matorral donde se escondía Joe, que comenzó a temblar como un teléfono móvil en modo” vibración”. Ahora sólo veía las piernas del comisario enfundadas en un elegante pantalón de lino gris.

─ ¡Smith, Rodríguez, vamos, mover vuestros malditos traseros! ¡Qué no tenemos todo el
día─ gritó a sus hombres notoriamente impaciente y malhumorado. Los agentes ya casi habían terminado su faena y el comisario, para tranquilidad de Joe, se acercó de nuevo a sus hombres que habían dejado al descubierto el cadáver de un hombre joven, cubierto de sangre seca, barro y con la ropa desgarrada.

─ ¿Qué tenemos aquí? ¿Quién será este desgraciado? ¡Smith, vamos, llame a los demás hombres, qué venga el forense! ¡Y ya sabéis, comemierdas, ni una maldita palabra al FBI!, ¡mantened vuestras putas bocas cerradas!

Joe, sin parar de temblar, intentó enfocar aún más, si cabe, su vista sobre el hombre muerto. De repente, y mientras los agentes volteaban el cadáver, vio algo que le llenó de espanto y horror, hasta tal punto que llegó a pensar que estaba siendo víctima de una perversa pesadilla… ¡aquel hombre muerto, dios, pero si era él! Se estaba viendo a él mismo… ¿muerto? ¡Su propio cadáver!… Entonces… ¿qué era él?, ¿qué diablos estaba sucediendo allí? Joe empezó a sentir un gran malestar y se desmayó. Percibió como si la furia de un torbellino le arrastrara por una especie de túnel oscuro con un bello arcoíris al final.


“Definitivamente ─pensó─ debo estar muerto… ¡Y ni siquiera como fantasma he sabido aprovechar mi tiempo! Arrebujado en el mismo escenario de mi final, ¿qué me pasaría?, y muerto, nunca mejor dicho, de miedo. ¡Ni siquiera he podido despedirme…!”

De repente, Joe pudo recordar con una claridad pasmosa todo lo que había pasado. Cuando finalizó el turno con su autobús, había vuelto a aquel lugar del gran parque a buscar su pluma. Después de una búsqueda algo farragosa, Joe la había encontrado, por fin. Mientras lo celebraba, había aparecido por allí, como por arte de magia, un yonqui de unos veinte años, con la cara inflamada y con unas enormes ojeras entre moradas y amarillas, que apenas sí dejaban ver tras ellas unos diminutos ojos negros de mirada sibilina. Enseguida se percató de cómo brillaba la pluma recién encontrada en la mano de Joe, y sin mediar palabra, le intentó arredrar encañonándole con una pistola de calibre pequeño en el corazón. Joe trato de tranquilizarle y le dijo que le daría toda la pasta que llevaba encima, pero la pluma… ¡no podía volver a perderla! Le dijo que no valía gran cosa, que era un regalo de un buen amigo, que esto... y lo de más allá. Razones que sólo consiguieron poner al chaval aún más nervioso y fuera de sí de lo que ya estaba. Por la fuerza y tras imprecar a Joe, trató de arrebatársela de la mano y éste se resistió. En cuestión de segundos, se desató un forcejeo entre ambos. Se oyeron dos disparos y Joe cayó fulminado al suelo. Un hilillo de sangre comenzó a escaparse por una de sus comisuras y su camisa beige empezó a volverse roja. El yonqui se asustó y salió corriendo, se había olvidado ya de la pluma. Al cabo de unas cuantas horas, volvió con algunos colegas para comprobar que lo que había pasado allí no había sido fruto de alguna de sus alucinaciones. Con dos de sus colegas y una pala, mal enterraron a Joe. Un brazo quedó fuera, daba la impresión de estar dislocado del resto del cuerpo. La pluma quedó muy cerca, entre hojarascas, papeles y tierra de aquella tumba mal improvisada y cruel. Se olvidaron de su pequeño tesoro, menos Joe, que ahora la estaba contemplando en su etérea mano. Le parecía que brillaba más que nunca, tanto que casi deslumbraba como sol de agosto. Sabía, por las películas y alguna novela, que los fantasmas eran seres incorpóreos incapaces de sujetar nada, porque todo lo traspasaban. Sin embargo, su pluma se sujetaba firme en su mano. De forma providencial, encontró un papel a su lado. Estaba algo sucio, arrugado y con una cara escrita, parecía una lista de la compra. Joe notó con alegría como también podía coger el papel, lo alisó y por la cara en blanco, comenzó a escribir con su querida pluma, que brillaba como el sol, una carta de despedida para su bella esposa, la policía mejicana Reyes García, que en ese preciso instante estaba siendo atendida en el LongLife Hospital por shock nervioso.


Villalba, 3 de abril de 2009
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JOSÉ SARAMAGO: 16 de noviembre de 1922 - 18 de junio de 2010... ¡HASTA SIEMPRE MAGO DE LAS LETRAS!

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La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva. Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran. Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte...

CUANDO NO ENCUENTRES CONSUELO... LA MÚSICA ES EL MEJOR LENITIVO PARA EL ALMA...

¿SUEÑAN LOS 'REPLICANTES' CON UN MUNDO SIN FECHA DE CADUCIDAD?

EL BESO QUE TE ADIVINA ... es la Luz que te conduce a sacar de tí lo mejor ...

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a crecer en la mirada de quien verdaderamente te ama. El verdadero amor te quiere libre y como ser expansivo. Nunca admite murallas para el alma que respira... Es descubrir tu segunda piel, la que te eleva a la capacidad de ser decididamente afectivo, humedeciendo con licor de alegría los desiertos emocionales ... CARLOS VILLARRUBIA.

VIVIMOS SIEMPRE JUNTOS...

Llenamos el caldero
de risas y salero,
con trajes de caricias

rellenamos el ropero.

Hicimos el aliño

de sueños y de niños,
pintamos en el cielo
la bandera del cariño.

Las cosas se complican,
si el afecto se limita
a los momentos de pasión...

Subimos la montaña

de riñas y batallas,
vencimos al orgullo
sopesando las palabras.

Pasamos por los puentes

de celos y de historias,
prohibimos a la mente
confundirse con memorias.

Nadamos por las olas
de la inercia y la rutina,
con la ayuda del amor.

Vivimos siempre juntos, y moriremos juntos,
allá donde vayamos seguirán nuestros asuntos.
No te sueltes la mano que el viaje es infinito,
y yo cuido que el viento no despeine tu flequillo,
y llegará el momento
que las almas
se confundan en un mismo corazón...
(Letra y música: Nacho Cano)

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A LAURA SUJAMI: 'IN MEMORIAM'.

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