Bienvenido a esta Bitácora, Navegante. Aquí encontrarás mi «Cuaderno de Impresiones, Cuentos, Relatos, Poemas, Reflexiones y otras Historias».

Escribí mi primer cuento con once años, lo inventé en un pequeño aseo donde me gustaba jugar. Con quince decidí que quería aprender el Arte de «Domar Caballos Salvajes» (léase Emociones que necesitan volver a coger sus riendas). Por eso llevo veintiún años, con sus amaneceres y sus lunas, ejerciendo la Psicología; esa «ciencia» tan infusa como errática. Mis raíces están en tierras de Castilla, pero mi alma se siente de las Costas y el mar del Norte. En mis sueños me reúno con las Sirenas, las Estrellas de mar, los Ventolines y los Caballitos del Cantábrico... Hace un septenio regresé a mi pequeño Taller de Letras. Y ahora soy «Psicolotora» especializada en Literalogía o «Escritóloga» en Psicoratura. Me chifla inventar palabras, tender historias de Letras en las cuerdas del olvido y airear mis impresiones al barlovento del papel...

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PENSAR... MAR ADENTRO.

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«La mente intuitiva es un don sagrado del que la mente racional es su fiel sirviente. Hemos creado una sociedad que honra el sirviente y ha olvidado su don» © Albert Einstein. Imagen: Faro de Suances (Cantabria) © Mar Solana.

martes, noviembre 26

Sucedió en San Roque: «tuyo hasta el fin de los tiempos»

Mi cuaderno de impresiones, cuentos, relatos, poemas, reflexiones y otras historias.

            
                                            «Fue entonces cuando intuí que todos nuestros movimientos, incluso sentimientos, se producían mágicamente dentro de alguna sinfonía. Esa que luego, 
a retazos, reconocemos con los años, de donde brotan la añoranza o la memoria.» 
Ana María Matute: Paraíso inhabitado.

A mis padres, Santiago y Carmen.

Hace cincuenta y ocho años, el día de la Rosca de San Roque de 1956… (*)

«Señor Juan, presénteme usted a esta chavalina, ¡es una preciosidad!», le dijo tu padre al señor Juan, el tío de Amparito, cuando me vio por primera vez en la puerta de la iglesia del pueblo. Claro, que si no es por él y por ese viaje que hicimos tu abuela y yo, tú no estarías aquí…

La voz de mi madre, juguetona, se colaba por el auricular; destilaba gotas de suave nostalgia, como los tenues acordes de un saxo o el fermento de un buen brandy. Una voz que sonreía mientras volvía a paladear la grata melaza del pasado, gracias a ese don que tienen nuestros recuerdos de embellecerse y sublimarse con el paso de los años. «Continuará, hija, porque hay mucho que contar, ahora que lo recuerdo mejor que cuando era joven» me dice como una niña ilusionada antes de colgar el teléfono.

«Vale, mamá, ¡cuéntamelo todo!», le respondo con una avidez contenida, difícil de ocultar.

En mi ánimo siguen danzando sus palabras al son de sus recuerdos de colegiala: «tú no estarías aquí si no hubiera sido por ese viaje y por el señor Juan…». Sí mamá, por el señor Juan y por otras circunstancias que, tácitamente, se enroscan en los hilos que va tejiendo nuestro destino y que según la sabiduría  oriental, ya está escrito y no puede suceder de otra manera. Y sucedió. Aquello tan sutil que muchas filosofías llaman karma, esas fuerzas espirituales o invisibles, no terrenales, que impelen el desarrollo y consumación de los hechos que han de suceder. Como todo aquello que llevó a mis padres a encontrarse aquel día de la Rosca de San Roque de 1956…

Hace cincuenta y ocho años, en la España que mis padres acercaron posiciones por primera vez, se vivía una dictadura empañada aún por los culatazos de una contienda fratricida por la que mucha gente dejó de creer en el amor. Poco le importaba eso a mi padre, que desplegó su encanto e ilusión para intentar conquistar a mi madre; una hazaña en la que puso todo su empeño porque tenía que suceder…

Aquel verano del cincuenta y seis, mi abuela, la madre de la mía, quería pasar unos días de asueto en un lugar tranquilo. Deseaba visitar la cuna que vio nacer a su marido, mi abuelo Justo, fusilado en Madrid durante la guerra. Y esos hilos del destino se fueron enhebrando y condujeron a mi abuela hasta una conocida, que era de un pueblo vecino al del abuelo Justo. Gracias a las insistentes recomendaciones de aquella señora, mi abuela decidió alquilar una casa en el pueblo de mi padre, que estaba a solo doce kilómetros del de mi abuelo Justo. Y bajo el influjo de aquellas costuras, que se iban conformando puntada a puntada para tejer ese primer encuentro, decidió que mi madre le acompañara en aquel viaje.

Y así, el quince de agosto de mil novecientos cincuenta y seis, mi madre y  mi abuela arribaron al lugar donde nació mi padre. Ese día tiene un significado especial en los calendarios populares. Además de marcar el inicio del descenso progresivo de la canícula veraniega o de la época más calurosa del año, en algunas comarcas españolas también se celebra la festividad de San Roque. En el pueblo de mi padre, la gente pasaba el día en el campo con la típica torta o rosca, algunas dulces y otras saladas, en honor al santo. Pero antes de marchar al campo a celebrar la onomástica, acudían todos a los oficios religiosos para bendecir sus roscas.

En la puerta de la iglesia, sin saber nada de esa bendita tradición y en medio de toda la barahúnda, se encontraba mi madre, observando el ir y venir de las personas. Mi abuela y ella salían de escuchar la misa. Sintió una punzada de curiosidad sobre aquella celebración y, muy decidida, como si alguien invisible se lo hubiera soplado, se acercó a preguntar a un señor ya entrado en años y con cara de saber muchas cosas. El tejer de aquellas puntadas, hilos caprichosos, le llevó hasta el emblemático señor Juan, el tío abuelo de nuestra vecina Amparito, el «ángel» que los presentó. El señor Juan era un tipo de lo más entrañable, bajito, de cabellos canos que asomaban por una castiza gorra de vichí. Cuando era pequeña, durante mis vacaciones en el pueblo, le recuerdo leyendo muy concentrado a la sombra de una acacia. Unos ojos atentos recorrían las selecciones del Reader´s Digest, esas revistillas americanas de los años cuarenta, de tamaño diminuto, que traían muchas curiosidades…

«Cuenta una leyenda popular que a San Roque le salvó la vida un perro ─que no tenía rabo─ cuando enfermó de peste y se retiró al bosque en soledad para no contagiar a nadie. El animalito le llevaba todos los días un trozo de torta que robaba a su amo, y fue así como el amo del perro sin rabo descubrió a San Roque, ya muy enfermo, y se lo llevó a su casa para curarle…».

Y mientras el señor Juan, amable y atento, le explicaba a mi madre todos los pormenores y mayores de aquella algarabía, las puntadas alcanzaron a enhebrar también a mi padre que pasaba por allí, en ese preciso instante. Y vio a su amigo, el señor Juan, conversando con una imponente morena que quizás se había escapado de un cuadro de Julio Romero de Torres. La belleza de aquella chavalina, que vio por primera vez en la puerta de la iglesia, descollaba a través de los contornos de la sierra gredense igual que los primeros rayos del alba. Y mi padre, que a lo largo y ancho de su andadura donjuanesca aún no había conocido a moza alguna de su agrado, ni corto ni perezoso se acercó al señor Juan y le dijo:

—Señor Juan, presénteme usted a esta chavalina, ¡menuda preciosidad!

Y comenzó una bonita historia de amor, salpicada con la peculiar indecisión de deshojar margaritas que siempre ha caracterizado a mi madre. Una historia de amor con sus avatares, como todas. Mi padre jamás se desanimó y no cejó en su empeño de escribirle a mi madre todos los días un poema de amor.

Casi tres años después de aquel día, el seis de julio del cincuenta y nueve, ese encuentro tañó a campanas de boda. Más de medio siglo después, y pese a que mi padre lleva diez años postrado por un indeseable ictus y a los altibajos de la ya menguada salud de mi anciana madre, aquella historia de amor que comenzó en San Roque todavía conserva su latido.

Esta foto la tomé el día que mi madre recibió el alta tras casi un mes y medio de hospitalización. Creo que sobran las palabras...

Piensa que el mundo se acabará,
que las estrellas perderán su brillo,
y que el sol quedará en tinieblas.
Pero mi amor por ti,
no podrá abatirlo el tiempo,
por ser Eterno.

Tuyo hasta el fin…

Uno de los poemas que mi padre dedicó a mi madre cuando eran novios.

© Mar Solana.

(*) Reedición revisada.
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JOSÉ SARAMAGO: 16 de noviembre de 1922 - 18 de junio de 2010... ¡HASTA SIEMPRE MAGO DE LAS LETRAS!

JOSÉ SARAMAGO: 16 de noviembre de 1922 - 18 de junio de 2010... ¡HASTA SIEMPRE MAGO DE LAS LETRAS!
La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva. Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran. Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte...

CUANDO NO ENCUENTRES CONSUELO... LA MÚSICA ES EL MEJOR LENITIVO PARA EL ALMA...

¿SUEÑAN LOS 'REPLICANTES' CON UN MUNDO SIN FECHA DE CADUCIDAD?

EL BESO QUE TE ADIVINA ... es la Luz que te conduce a sacar de tí lo mejor ...

EL BESO QUE TE ADIVINA ... es la Luz que te conduce a sacar de tí lo mejor ...
a crecer en la mirada de quien verdaderamente te ama. El verdadero amor te quiere libre y como ser expansivo. Nunca admite murallas para el alma que respira... Es descubrir tu segunda piel, la que te eleva a la capacidad de ser decididamente afectivo, humedeciendo con licor de alegría los desiertos emocionales ... CARLOS VILLARRUBIA.

VIVIMOS SIEMPRE JUNTOS...

Llenamos el caldero
de risas y salero,
con trajes de caricias

rellenamos el ropero.

Hicimos el aliño

de sueños y de niños,
pintamos en el cielo
la bandera del cariño.

Las cosas se complican,
si el afecto se limita
a los momentos de pasión...

Subimos la montaña

de riñas y batallas,
vencimos al orgullo
sopesando las palabras.

Pasamos por los puentes

de celos y de historias,
prohibimos a la mente
confundirse con memorias.

Nadamos por las olas
de la inercia y la rutina,
con la ayuda del amor.

Vivimos siempre juntos, y moriremos juntos,
allá donde vayamos seguirán nuestros asuntos.
No te sueltes la mano que el viaje es infinito,
y yo cuido que el viento no despeine tu flequillo,
y llegará el momento
que las almas
se confundan en un mismo corazón...
(Letra y música: Nacho Cano)

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A LAURA SUJAMI: 'IN MEMORIAM'.

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